sábado, 14 de abril de 2012

“El Camino Hacia el Amor” - Deepak Chopra


PRÁCTICA DE AMOR 
“El amor es espíritu. El espíritu es el Yo.”
“Eres el secreto del secreto de Dios. Eres el espejo de la belleza divina.”

“El objetivo del camino es transformar tu consciencia de separación en unidad. En la unidad sólo percibimos el amor, sólo expresamos el amor, sólo somos amor.”

Purificar el corazón.

Nadie sigue por mucho tiempo un sendero que no le resulte natural, como tampoco logrará en él el crecimiento necesario, por muy buenas que sean sus intenciones.
Existe en el cuerpo un centro donde se unen amor y espíritu, ese centro es el corazón. Es tu corazón el que se oprime o se ensancha de amor, el que siente compasión y confianza, el que parece vacío o colmado. En el corazón existe un centro más sutil que experimenta el espíritu, pero al espíritu no se lo percibe como emoción o sensación física.

¿Entonces cómo puedes ponerte en contacto con él?

Según los maestros espirituales, el espíritu se experimenta primero como ausencia de lo que no es espíritu.
En la India esto se describe como Netti, netti, que significa “ni esto ni aquello”. El espíritu no tiene causa; no está limitado por el tiempo ni espacio; no es una sensación que pueda ser vista, tocada ni percibida por el gusto o el olfato. Ésta puede parecer una manera desconcertante de definir algo, pero imagina que nunca hubieras visto el color blanco, que el mundo entero estuviera compuesto de rojo, verde, azul y todos los demás colores.
De pronto, un maestro te da una camisa negra, diciendo: “Si lavas esto el suficiente número de veces, verás que es blanco.”

Si pides ver al blanco antes de lavarla camisa, lo que pides es imposible. El negro es la suma de todos los colores; sólo cuando los laves todos aparecerá el blanco.
     De igual modo, tu vida actual está hecha de sensaciones: no sólo los colores, sino todos los estímulos que captas por los sentidos. Algunas de esas sensaciones pueden ser muy placenteras, pero ninguna es adecuada para hacerte saber qué es el espíritu.  El espíritu subyace bajo todas las capas de sensaciones.

Para experimentarlo debes ir al corazón y meditar en él hasta que se purifique todo lo que oscurece el espíritu. La finalidad del siguiente ejercicio es brindarte la experiencia de purificar el corazón hasta tal punto que pueda presenciar el espíritu. “Puro”, en este caso, no significa bueno y virtuoso; significa libre de impurezas, sin juicio alguno de valores. Según palabras de William Blake, se trata de limpiar las puertas de la percepción.

Meditar sobre el Corazón

Siéntate cómodamente en una habitación silenciosa, a solas; escoge un momento en que no tengas prisa. El mejor es la primera hora de la mañana, cuando la mente está alerta y fresca; trata de evitar el atardecer, cuando la conciencia se prepara para dormir. Cierra los ojos y concentra tu atención en el centro del pecho, donde está el corazón. (El corazón físico está desviado hacia la izquierda, pero eso es irrelevante en este caso: el centro de espiritualidad del corazón se encuentra directamente detrás del esternón.)

Toma conciencia de tu corazón como espacio. No trates de oír sus latidos ni ningún otro sonido que pueda hacer al bombear la sangre. El centro que debes hallar es un punto de consciencia por donde entran los sentimientos. En su forma pura está vacío, lo impregna la falta de peso, la ausencia de preocupaciones, la paz y una luz sutil. Esta luz puede presentarse blanca, dorada, rosada o azul. No te esfuerces por hallar luz alguna. No trates, por ahora, de percibir la pureza del centro del corazón, sólo necesitas sentir lo que haya allí.

Permite que tu atención repose tranquilamente en ese punto, respira con suavidad y percibe el aliento que va hacia el centro del corazón. Tal vez te convenga visualizar una suave luz de de tono pastel o una frescura que invade el pecho. Deja que el aliento entre y salga; mientras tanto pide a tu corazón que te hable. No expreses esto como una orden; basta con la vaga intención de que tu corazón se exprese.

Durante los cinco o diez minutos siguientes, permanece inmóvil, escuchando. El corazón empezará a liberar emociones, recuerdos, deseos, temores y sueños allí acumulados durante mucho tiempo; entonces te descubrirás prestando atención.

Es posible que, casi al momento, recibas un destello de fuerte emoción, positiva o negativa, o un recuerdo olvidado. El ritmo respiratorio puede alterarse. Tal vez suspires o lances alguna exclamación ahogada. Deja que la experiencia transcurra. Si te adormeces o comienzas a soñar despierto, no te preocupes.  Simplemente, devuelve tu atención al centro de del corazón. Te hable con miedo o tristeza, deleite o placer, su mensaje será igualmente beneficioso.

El objeto de esta meditación es prestar atención al corazón.

Al continuar con este ejercicio notarás que tres cosas se van uniendo de manera natural: meditación, purificación y atención. Estás aprendiendo a escuchar el significado espiritual de tu corazón: esto es meditación. Estás permitiendo que el material reprimido surja para ser eliminado: esto es purificación.
Estás escuchando a tu corazón sin juzgarlo ni manipularlo: esto es atención.

Puesto que este proceso es como lavar una camisa para revelar su blancura, no te inquietes si aparecen fuertes emociones negativas y hasta molestias físicas. Ten en cuenta que esas emociones se están retirando; pídeles que lo hagan sin estorbos, cómodamente. Si surgen voces de temor, ira o duda, pídeles que se retiren con tanta facilidad como deseen. (En el caso de que persista un dolor en el pecho, sobre todo si hay antecedentes cardíacos en la familia, deberías consultar a tu médico, por supuesto).

Meditación Avanzada

Cuando lleves algunos días o semanas practicando esta meditación, sabrás si quieres convertirla en parte permanente de tu rutina diaria. Creo que prestar atención a lo que nos dice el corazón es un agregado valioso a cualquier programa espiritual; vivir desde el centro del espíritu es un objetivo constante para quien está en el camino.
A medida que avances en la práctica, comenzarás a notar que sensaciones, pensamientos, recuerdos, ensoñaciones y manifestaciones físicas aleatorias empiezan a desaparecer. El centro del corazón se revelará poco a poco tal como es en realidad: silencio, paz, un cálido resplandor o una luz sutil. Aún cuando esos destellos sean fugaces, descubrirás en ti algunos cambios fuera de la meditación. Empezarás a caminar con paso más animado. En momentos inesperados experimentarás en el pecho una sensación de plenitud; tal vez quieras aspirar profundas y satisfactorias bocanadas de aire. Cuando menos lo esperes te invadirán oleadas de regocijo y bienestar.

Todo esto es señal de que se está aflojando la tensión que la mayor parte de las personas tiene alrededor del centro cardíaco. Este centro debería estar siempre abierto y relajado. Para que puedas recibir un esclarecimiento espiritual profundo, primero debe existir esta apertura. El constreñimiento, el miedo y la tensión impiden que el espíritu entre en ti.  En verdad, el espíritu no entra, puesto que está siempre ahí. Pero establecer contacto con él es como sentirse invadido de luz y comprensión: es lo que llamamos “flujo de amor”.
Amor y espíritu forman un vínculo cada vez que meditas sobre el corazón, desde la primera vez.  La meditación avanzada profundiza esta experiencia y la torna más consciente. A medida que progreses en esta práctica, te resultará cada vez más fácil ir a tu corazón en busca de consejo y sabiduría o, simplemente, para sentirte amado.  No hace falta hablar con palabras a tu corazón; él tampoco necesita hacerlo. El lenguaje del espíritu viene a nosotros como una callada seguridad, como auto aceptación, paciencia y apreciación del simple hecho de existir. Según se desarrollen estas cualidades irás madurando en tu experiencia del centro cardíaco.


Fuente: Libro “El Camino hacia el Amor - Cómo transformar nuestra vida colmándola de amor” - Deepak Chopra, de Editorial Vergara - Millenium


Enlace:http://www.caminosalser.com/i1282-el-camino-hacia-el-amor-meditacion-en-el-corazon-por-deepak-chopra/

jueves, 12 de abril de 2012

Neuroplasticidad: Para adultos y niños, flexibilidad o rigidez en lo que aprendemos

Cuando hacemos algo y lo repetimos muchas veces generamos en nuestra vida lo que llamamos hábito. Un hábito puede ser un modo de ser o una forma de hacer, la cual se aprendió al repetirla gran cantidad de veces. Por ejemplo, podemos estar acostumbrados (habituados) a hacer la cama cada vez que nos levantamos, a despertarnos a la misma hora aunque nos hayamos dormido a distinto horario; podemos tener el hábito del mal humor a la mañana, de ser ansiosos, tendientes a pasividad, amabilidad, alegría, o incluso, a la enfermedad. En definitiva, podemos tener el hábito de hacer algo que nos haga felices o infelices, y seguir sosteniéndolo solo porque, al repetirlo tantas veces mecánicamente, parecemos programados a seguir haciéndolo.
Todo es cuestión de cuántas veces hayamos ensayado sistemáticamente una acción o forma de ser, generando así un aprendizaje, que sumado a la totalidad nos define y nos crea.

Aprender o desaprender es cuestión de neuroplasticidad

Cada vez que pensamos en hacer una acción el cerebro manda la orden para que nuestro cuerpo realice lo deseado. Lo hace con ayuda de neuroquímicos que transmiten el mensaje. Las neuronas son las que reciben esta información, se conectan entre sí (sinapsis neuronal), y finalmente nuestro cuerpo responde haciendo lo que queríamos.
Pero he aquí el punto que nos puede servir para conocernos y conocer lo que nos sucede: La sinapsis o contacto entre neuronas se refuerza, incluso se hace permanente, con el uso. Es decir, cuando repetimos algo una y otra vez se generan siempre los mismos químicos, y las neuronas hacen una y otra vez el mismo camino. El cuerpo se habitúa a estos químicos, el camino neuronal deja cada vez más huellas, y de tanto repetir y hacer lo mismo, las neuronas memorizan el camino; incluso algunas veces ya no viajan, se quedan allí permanentemente, se cristaliza la conexión neuronal en cierto lugar. Así nosotros adquirimos un nuevo aprendizaje.
A esta propiedad del cerebro de aprender y fijar el aprendizaje nuevo a partir de la experiencia se la llama plasticidad neuronal.
Ahora, ¿qué pasa si lo que aprendemos no nos hace felices y simplemente somos esclavos de una rigidez en nuestro cerebro a causa de repetir sistemáticamente una misma cosa, porque tal vez así nos lo han enseñado o así lo hicimos y nos sirvió en un momento pero ahora ya no más?

Por supuesto al hablar de aprendizaje debemos hablar también de Niños. En la educación de los niños lamentablemente a diario se les enseña hábitos que después cuesta trabajo revertir. Muchos son enseñados por inconsciencia. Simplemente el adulto al hacer determinadas cosas o al ser de determinada manera reiteradamente, le está fijando al niño un aprendizaje. Es decir, le está fijando una red neuronal que luego actuará por sí misma en el niño. Recibo a diario consultas por el tema “Límites”, las preguntas en general rondan en “cómo hago para que el niño no haga más tal cosa y aprenda otra”, “cómo hago para que respete cuando hablo con otros adultos, cómo hago para que ordene sus juguetes, cómo hago para que responda de determinada manera, etc."
Lo que respondo es: "El niño en algún momento aprendió eso que tanto molesta o queremos cambiar. De quién, cómo y por qué, es trabajo para observar en las acciones de los adultos y el entorno que lo rodea. Ahora hay que trabajar en revertirlo."

Si se trata de cambiar algo ya siendo adultos, convengamos que tal vez aquello que queremos cambiar lo hemos repetido ¡hasta incluso por 20 años!. Cambiar esta rígida sinapsis neuronal nos puede llevar tiempo, paciencia y mucha consciencia, ya que el cerebro querrá volver al camino conocido porque así se lo hemos enseñado.
Afortunadamente el niño tiene una plasticidad cerebral mayor. Es decir, que así como rápidamente aprende algo, rápidamente puede aprender otra cosa y suplantar el aprendizaje anterior. Y lo hará naturalmente, porque naturalmente es plástico (flexible) neuronalmente. Por eso no hay nada que no se pueda revertir.
Pero cuidado, no solo nosotros, los adultos, somos sus educadores. La excesiva exposición a la TV y los juegos tecnológicos violentos TAMBIÉN son maestros del flexible y absorbente cerebro del niño. Los predispone a la violencia y agresividad porque el cerebro aprende repitiendo por dentro lo que ve afuera. Así que aquí también hay que poner el foco.
Continuando, como he dicho, tenemos a favor del niño (y a nuestro favor), que ellos tienen aún más neuroplasticidad que los adultos. Así como pueden incorporar algo rápidamente, también pueden cambiarlo por un hábito nuevo y olvidando lo anterior, si le enseñamos ese camino. Requerirá por supuesto de la ayuda de un adulto dispuesto y consciente.
Si somos padres, maestros, terapeutas de niños, la pregunta que les sugiero hacerse es: ¿Qué les estamos enseñando a los niños? ¿Cómo revertimos ese camino insano? ¿Cómo potenciamos aquello que le da al niño armonía y equilibrio?

Y para ti sugiero que te preguntes: ¿Qué has repetido sistemáticamente? ¿Tu cuerpo responde a una memoria que expande o limita tu Ser? ¿Qué camino repites diariamente, a dónde te está llevando? ¿Te sientes pleno en ese lugar?

El camino hacia un nuevo aprendizaje
“Somos lo que hacemos repetidamente. La excelencia, por lo tanto, no es un acto, sino un hábito.” Aristóteles.

Entonces traducido al lenguaje del cerebro podemos ser NEUROPLÁSTICOS o NEURORÍGIDOS.
La neuroplasticidad es la habilidad de nuestro cerebro para cambiar conexiones gracias a nuevas experiencias. La plasticidad es la que nos permite hacer y cambiar nuestras acciones. Vivir una vida nueva cada día si lo deseamos.
La neurorigidez se genera cuando se utilizan solo las conexiones sinápticas preestructuradas por nuestro cerebro sin crear nuevas. En definitiva, la rigidez es no aprender o no incorporar nuevas cosas. Es hacer y pensar siempre lo mismo; e incluso, pretender un resultado diferente.
El camino hacia el nuevo aprendizaje es saber que tenemos la capacidad de crearnos día a día como quisiéramos. Es comenzar a romper afuera las estructuras que nos aíslan y limitan, para que dentro nuestro, nuevos engranajes comiencen a aceitarse y moverse.
Como hemos dicho, cuanto más rígidos hayamos sido, cuanto más hayamos repetido algo, más dificultoso podrá ser el cambio. Pero recordemos que tenemos a nuestro favor una habilidad inteligente: la NEUROPLASTICIDAD. Podemos hacer que el cerebro active nuevos patrones y combinaciones al ser y hacer lo que queremos, y al sostenerlo diariamente en nuestra vida.

Muchas veces tratamos de modificar nuestros hábitos emocionales con gran esfuerzo; sin embargo, no sabemos que esta es la respuesta de una conjunción de neuroquímicos y conexiones que hemos reforzado a diario con nuestra forma de ser y hacer. Si generamos un cambio con la consciencia de que dentro nuestro empiezan a nacer nuevos retoños, y los viejos caen naturalmente como hojas en pleno otoño, día a día seremos Seres nuevos y estaremos más cerca de quienes queremos Ser, o más exacto, de QUIENES SOMOS REALMENTE.

Apéndice para la educación de los Niños de Hoy

Para generar un cambio en los niños, primero los adultos debemos estar decididos a SOSTENER ese cambio. Porque si un día lo hacemos y al otro día, por cansancio, por evitar berrinches o situaciones desgastantes, permitimos que algo que queremos cambiar vuelva a suceder, estaremos alimentando más de lo que ya no es sano.
Sostener con consciencia son las palabras que el nuevo educador tiene que incorporar.
Sabemos que el niño está completamente entregado a aprender, más aún los Niños de Hoy: Aman aprender. Podemos transmitirles grandes valores, enseñarles sobre su libertad, la paz, el amor, la compasión… Aprovechemos con responsabilidad el poder y apertura que han traído, y seamos conscientes de que cada acción que hacemos genera un eco: Moldea un Ser Humano y Despierta un Ser Espiritual.

Fuente:
Autora: Nancy Erica OrtizCreadora del curso "Los Niños de Hoy"www.caminosalser.com/nancyortiz

Para los que no se encuentran pecados‏


Nos estamos olvidando de mirarnos a nosotros mismos, siempre responsabilizamos a los demás de nuestros problemas

“Los hombres están siempre dispuestos a curiosear y averiguar vidas ajenas, pero les da pereza conocerse a sí mismos y corregir su propia vida” (San Agustín, Confesiones)

Hace más o menos un año, en una entrevista publicada en El País, la actriz Blanca Portillo señalaba muy sabiamente: “Nos estamos olvidando de mirarnos a nosotros mismos, siempre responsabilizamos a los demás de nuestros problemas, nos consentimos a nosotros mismos demasiado y nos perdonamos todo; mirando los defectos de los demás acabas sin ver los tuyos y uno mismo nunca es responsable de nada; la verdad es que si fuéramos honestos con las consecuencias de nuestros actos crearíamos un mundo más humano y más generoso“.

Dicho de otro modo: nos resulta demasiado fácil ver los defectos de los demás y los juzgamos tan a la ligera que nos parecen hasta “normales” las criticas, burlas, e incluso, los comentarios destructivos, sin darnos cuenta que entramos en un juego peligroso que puede destruir la fama, no solo de todo aquel que sea diana de nuestros comentarios, sino de nosotros mismos. Como dice el Catecismo de la Iglesia: “Muchos pecados causan daño al prójimo. Es preciso hacer lo posible para repararlo (por ejemplo, restituir las cosas robadas, restablecer la reputación del que ha sido calumniado, compensar las heridas). Y añade: “La simple justicia exige esto. Pero además el pecado hiere y debilita al pecador mismo, así como sus relaciones con Dios y con el prójimo”. (Cat.1459)

Esta actitud nos envenena por dentro generando en nuestro interior un sabor amargo lleno de insatisfacciones que se reflejan negativamente en nuestra vida cotidiana y que no pasa desapercibida a los que tenemos más cerca: nuestra familia, amigos y compañeros.
Y nos plantea una realidad aún más negativa: la corrupción de nuestros corazones, raíz de todos nuestros males: la mentira, el rencor, el odio, las envidias, la injusticia,... “Porque de dentro, del corazón de los hombres, salen los malos pensamientos, los adulterios, las fornicaciones, los homicidios, los hurtos, las avaricias, las maldades, el engaño, la lascivia, la envidia, la maledicencia, la soberbia, la insensatez. Todas estas maldades de dentro salen, y contaminan al hombre“.(Marcos 7,21-23)

Ilustrémonos con esta historia: Cuentan que una pareja de recién casados se mudó de casa. La primera mañana, mientras tomaban café, la mujer reparó a través de la ventana, que una vecina colgaba sábanas en el tendedero.

-¡Qué sábanas tan sucias cuelga la vecina en el tendedero...! - Le comentó a su marido. Quizás necesita un jabón nuevo... ¡Ojala pudiera ayudarla a lavar las sábanas!

El marido la miró sin decir palabra alguna.
Cada dos o tres días, la mujer repetía su discurso, viendo a través de la ventana, como la vecina tendía su colada.

Al mes, la mujer se sorprendió al ver a la vecina tendiendo las sábanas blancas, como nuevas, y dijo al marido: ¡Mira, por fin ha aprendido a lavar la ropa!¿Le enseñaría otra vecina?
El marido le respondió:
-¡No, hoy me levanté más temprano y lavé los vidrios de nuestra ventana!

Imagino la cara de estupor de la mujer de esta pequeña historia a la que le vendría muy bien leer, a modo de moraleja, las palabras del Señor que dicen: “No juzguéis, para que no seáis juzgados. Porque con el juicio con que juzgáis, seréis juzgados, y con la medida con que medís, os será medido. ¿Y por qué miras la paja que está en el ojo de tu hermano, y no echas de ver la viga que está en tu propio ojo? ¿O cómo dirás a tu hermano: Déjame sacar la paja de tu ojo, y he aquí la viga en el ojo tuyo? ¡Hipócrita! saca primero la viga de tu propio ojo, y entonces verás bien para sacar la paja del ojo de tu hermano. No deis lo santo a los perros, ni echéis vuestras perlas delante de los cerdos, no sea que las pisoteen, y se vuelvan y os despedacen.” (Mt 7, 1-6)

Y dado que estamos en Cuaresma, tiempo de mortificación, reparación y cambio profundo en nuestra vida, podríamos aprovechar algún momento de las bien merecidas vacaciones para reflexionar con este examen de conciencia, dirigido “para aquellos de vosotros que, gracias a Dios, no soléis incurrir en actos gravemente pecaminosos, y que, por otra parte, experimentáis cierta dificultad a la hora de encontrar materia de la que acusaros en la Confesión”.

Dice así:
“Quizá pueda serviros de orientación la siguiente lista, hecha a vuela pluma, y con escasas pretensiones y que bien podría titularse algo así como “elenco muy incompleto de defectos y actitudes defectuosas en que suelen incurrir las buenas personas".

Como podréis observar, no se trata, en general, de cosas en sí necesariamente graves, sino de modos de ser, de pensar o de actuar que, aparte de desagradar a Dios, pueden hacer daño al alma y dificultar la vida de los demás. ¿Os imagináis, por ejemplo, lo dura que podemos hacer la vida de quienes con nosotros conviven -y más si de nosotros dependen- cuando nos dejamos dominar por el pesimismo, la intransigencia o la tacañería?

“Hemos de convencernos de que el mayor enemigo de la roca no es el pico o el hacha, ni el golpe de cualquier otro instrumento, por contundente que sea: es ese agua menuda, que se mete, gota a gota, entre las grietas de la peña, hasta arruinar su estructura. El peligro más fuerte para el cristiano es despreciar la pelea en esas escaramuzas que calan poco a poco en el alma, hasta volverla blanda, quebradiza e indiferente, insensible a las voces de Dios".

Se trata de saber si somos -y si desde la última Confesión se nos ha notado claramente-, aparte de otras cosas más gordas:

caprichosos, tozudos, intransigentes, coléricos, irascibles, agresivos, discutidores implacables, quejicas, malhumorados, envidiosos, protestones por sistema, egoistones, susceptibles, tacaños, mezquinos, propensos al complejo de víctima, perezosos, comodones, flojos, sensuales, equilibristas de la impureza, noveleros, excesivamente soñadores, suavemente materialistas, irresponsables, frívolos, vacíos, superficiales, inconstantes, mentirosos, tramposos, faltos de autenticidad, desordenados, chapuceros, vanidosos, arrogantes, engreídos, impuntuales, rencorosos, murmuradores, chismosos, mal pensados, difamadores, duros para la comprensión, brutos en al expresión, mal dispuesto contra todo y todos, despreciativos, faltos de espíritu universal, fácilmente injustos, ingratos, desagradecidos, poco propicios a la generosidad, indiferentes hacia los demás, aislacionistas, individualistas, sembradores de pesimismo, incrédulos por comodidad, irreverentes, poco piadosos, faltos de visión sobrenatural, faltos de confianza en Dios, sordos a su voluntad, propensos a olvidarnos de El, distraídos en la liturgia, poco devotos de la Virgen.

Y examinar también:
si despreciamos el tiempo,
si vivimos permanentemente descontentos,
si nos falta sentido del pudor,
si estamos excesivamente seguros de las propias ideas,
si nos sentimos como reyes no reconocidos o injustamente destronados, y, en consecuencia, siempre enfadados,
si en todas las cosas estamos contra,
si vivimos exageradamente inquietos por el porvenir,
si no nos preocupa el sufrimiento ajeno ni las injusticias,
si sólo somos amables cuando nos conviene,
si somos propensos a instrumentalizarlo todo hacia lo que nos conviene,
si carecemos del “sentido del otro",
si pactamos fácilmente con la injusticia,
si siempre lo vemos todo desde el punto de vista propio,
si solemos pasar factura a los demás, por lo que hacemos o nos parece hacer por ellos,
si no damos limosna ni por casualidad,
si somos negligentes en la educación de los hijos, quizá con el pretexto del mucho trabajo,
si somos negligentes en la atención debida a los padres, esposa o esposo,
si aumentamos innecesariamente la carga de los demás con caprichos y nuevas necesidades,
si sólo nos preocupamos de que nuestros padres nos complazcan, y rara vez les damos una alegría,
si exigimos mucho y damos poco,
si aceptamos la mediocridad en las cosas de Dios,
si tenemos tendencia a confiar más en nosotros mismos que en la gracia,
si descuidamos la oración personal,
si no procuramos adquirir la debida formación religiosa,
si damos por supuesto que el apostolado es cosa de los otros,
si vivimos esquivando las cruces que nos santificarían,
si sentimos celos por el progreso espiritual de los otros,
si nos falta fe en el Magisterio de la Iglesia,
si tenemos tendencia a criticarla,
si nos consideramos el mejor intérprete del Vaticano II,
si contribuimos al desprestigio de las personas consagradas a Dios,
si somos tacaños en la ayuda económica a la Iglesia,
si llegamos habitualmente tarde a Misa,
si descuidamos el ayuno y la abstinencia,
si... , etc.

Después de esta relación meramente ejemplificativa, ¿continuaréis pensando algunos que todavía es difícil hallar -aun sin emplear demasiado tiempo-, cinco, seis, siete o diez pecados o defectos gordos de los que acusaros? Y si fuese así, ¿no sería cosa de ir pensando en introducir vuestro proceso de canonización?
Ya os dais cuenta de que ese elenco no es sino un cajón de sastre, donde hay cosas que pueden ser, o llegar a ser, incompatibles con una vida cristiana de verdad; y cosas menos importantes, si se lucha contra ellas.

Y si, refiriéndoos a estas últimas, me dijeseis que son pequeñeces, yo podría responderos con palabras ajenas, muy llenas de razón y muy experimentadas: “Sí, verdaderamente: pero esas pequeñeces son el aceite, nuestro aceite, que mantienen viva la llama y encendida de la luz". Tomado del libro:ALFONSO REY. El sacramento de la Penitencia. Ed. Palabra. Madrid 1977/

Y para terminar, ¿Qué mejor que esta referencia a Nuestra Señora en estos momentos que recordamos la Pasión de nuestro Señor que se hacen tan amargos para nuestra Madre María?

No estamos solos. De hecho, nadie como Ella conoce mejor nuestros corazones y sabe comprender nuestras palabras y gestos para presentárselas al Señor con una sonrisa cómplice de la que se sabe Mediadora de todas las gracias. Y ante nuestras vacilaciones, penas e imperfecciones nos susurra al oído: “No pasa nada, ven conmigo. Yo te acompáñame y te enseñaré el camino”.

Porqué, ¿a quién se dirige un niño pequeño cuando quiere que se le perdone por alguna “trastada” que acaba de cometer? No hay ninguna duda. Primero, a su madre, ¡claro! El sabe que ella le quiere con locura. Que a pesar de la regañina justa y necesaria para hacerle mejor persona, mejor hijo de Dios, ella le perdonará, y le ofrecerá su ayuda para corregirse y luchar contra las malas inclinaciones.

Recuerda: “María, Madre de Dios y Madre nuestra, nunca falla porque es madre. “Antes, solo, no podías... -Ahora, has acudido a la Señora, y, con Ella, ¡qué fácil!”(S. Josemaría Escrivá de Balaguer, Camino, n. 513)



Fuente: http://blogdeuncatolico.blogspot.com.es/2012/04/para-los-que-no-se-encuentran-pecados.html?utm_source=feedburner&utm_medium=email&utm_campaign=Feed:+BlogDeUnCatlico+%28Blog+de+un+cat%C3%B3lico%29

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